...dorsal 33 o sesenta segundos de fama;
Todo apuntaba a que no voy a competir, pero llegar a las inmediaciones de la Espada Toledana y verla desde la acera no es propio de cabezones como yo. Llevo una semana maldiciendo el catarro e intentando descargar los tibiales a contrarreloj. Nada como la adrenalina de pisar suelo competitivo y un buen café solo para olvidar los dolores.
Voy a finalizarla, sin más.
La salida es todo un lujo, Álvaro Martín, Marc Tur, Diego García Carrera, Ivan Pajuelo, Paco Arcilla... Además de mis más que conocidos Leo Toro y Miguel Periañez. El pistoletazo lo da un mítico del ciclismo, Federíco Martín Bahamontes (con el que me faltó la fotografía).
Cada vez se hacen más cortos los 5km. Toca disfrutar de ver marchar a los grandes, es un lujo ser espectador de primera mano.
Y así habrá de pasar la carrera hasta el kilómetro 4´7.
Es una noche cerrada, oscura y fría. A falta de la mitad de la última vuelta me separan apenas veinte metros de mi rival más cercano. Tengo un ligero dolor de flato y pienso que no voy a cogerlo. Hará unos diez minutos que han entrado los ganadores y la meta va tragándose poco a poco a los participantes.
No se que pasa en mi cabeza. Tal vez el cansancio. Pierdo la marcha, troto y freno. El contrincante del ADMarathon se me escapa unos metros más. Algo ocurre. Voces conocidas desde el público me gritan que ni se me ocurra parar a falta de apenas 300m para finalizar. Pero no, esta vez a falta de 300 metros falta lo mejor. No ocurrirá como en Alvaiázere, que a falta de esta distancia quedé eliminado.
Son dos segundos parado. Las piernas se relajan.
Doy la vuelta a mi gorra, como hacía mi admirado Jefferson Pérez.
Y seguramente jamás volveré a hacer un sprint tan emocionante como ese.
El speaker se fija en ello y mi nombre empieza a sonar por megafonía. El hombre se vuelca con el momento y pide aplausos entre el público, que responde. En nada adelanto al marchador que iba persiguiendo, es increíble como empuja el público a la altura del escenario, donde se sitúa la curva que precede a la recta de meta. Voy más que motivado, con la espada entre los dientes.
Veo caras desconocidas, que animan y jalean. Conocidas, que parecen sorprendidos con mi reacción en los últimos metros. Incluso los jueces animan a que siga así hasta el final. Es de agradecer.
Las piernas no dan para más, miro hacia atrás y si me relajo vuelve a cogerme, por lo que vuelvo a apretar el paso. Veo a Laura correr entre el público, instándome a seguir, aunque no escucho nada, tampoco las palabras del speaker que se afana en repetir mi nombre.
Poco más de un minuto de fama.
¿Había sido aburrida la cabeza de carrera?
Sin duda el momento más emocionante de mi corta carrera deportiva. El de más intensidad.
Los extremeños teníamos que dar guerra hasta el final. Hasta los últimos instantes de la Espada 2013. Como el último fuego artificial con el que uno sabe que finaliza la fiesta. Como la vela sobre el pastel que se afana en no apagarse.
Joder, soy lento. Pero el día que sea rápido levanto las masas. Já!
Pd: Gracias a toda esa gente no conocida, y a la que sí. A Laura, Raúl y Fátima, Javi Monterrubio y a su madre que empujaba en las zonas frías del circuito, al gran Juan Méndez, a Leo Toro, a Miguel Periáñez que es un padre, y tantos y tantos que son la gran familia de la marcha.
Junto a los tres grandes de la marcha extremeña.
Leonardo Toro, Álvaro Martín y Miguel Periañez.
Solo Laura García sabe cuan importante es la marcha en nuestras vidas. En nuestro futuro inmediato. Ya lo he comentado, gracias a los éxitos de Álvaro Martín sentí interés por la marcha. La primera mano tendida fue la de Miguel, que siempre aconseja como un padre. Y seguidamente, la de Leo Toro, que resuelve gran parte de mis dudas y miedos.
Gracias.

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