264; la primera.
Nunca formé parte de ninguna competición física, ni mostré
demasiado interés por ello. La vida en sí coloca tus aspiraciones psíquicas
acorde a las físicas, o al menos eso creo yo. Siempre renegarás públicamente
del deporte si no predispones tu cuerpo a ello.
Yo he sido uno
de ellos.
Mi primer dorsal
ha llegado un cuarto de siglo después, el 264 del XVII Fondo Popular de Mérida y con mucha ilusión. No he llegado en el mejor estado, ya que los dolores me han
comido la moral durante la última semana de entreno. Tampoco los nervios me han
ayudado a disfrutar plenamente del ambiente de una carrera como esta.
Fuera de sitio.
El atletismo es
un deporte muy amigable y yo llevo apenas dos meses corriendo, por lo que con
amigos dentro de él no puedo contar. Eso me convierte en un corredor solitario,
ni bueno ni malo, pero la soledad influyó sobremanera durante la carrera.
Descuidé el
calentamiento, incluso me sorprendió el pistoletazo de salida sin estar casi en
posición. Todo por que mi cabeza andaba sumando músculos, masas, cuerpos y me
coloqué en la parte media en la meta de salida. Calculando mi situación entre
los fibrosos atletas de la parte delantera y los populares de la parte trasera.
¡Salida!
Una salida muy
bronca. A pocos metros la vía se estrecha y se convierte en arena y parches de
alquitrán. Nos cuesta una barbaridad no pisarnos los unos a los otros, aunque
mantengo mi posición. Empiezo a notar equivocaciones, no puedo permitirme el
lujo de seguir el ritmo ajeno. Llevo apenas cien metros y las piernas avisan a
la vez que llegamos al principio del puente romano, donde por arte de magia el
grupo de delante acelera considerablemente, pierdo las referencias y empiezo a
ser adelantado.
A mitad del
puente ya he aprendido que debo hacer mi carrera.
No engancho con
nadie, lo que me hace perder referencias. Es interminable, aunque se sale de
él. Tal vez me pierde mirar dos o tres veces hacia atrás y comprobar que la
cola no está tan lejos. Sé que mi lugar debería ser más retrasado, al menos eso
pienso al mirar el cronómetro.
Hay que seguir.
Me hace bastante
ilusión atravesar el puente Lusitania corriendo, un asfalto difícil de pisar si
no es en estos casos. Igualmente, continúo solo, salvo algún runner por delante
y alguno aproximándose por detrás. Al enfilar la primera pasada por la meta me
siento bastante incómodo, no me gusta pasar entre el barullo de público ni
consigo ver a nadie conocido que me dé ánimos para seguir.
En cuanto a
tiempos, genial, si consigo hacer en el mismo tiempo en la segunda vuelta haré
sobradamente record personal. Señal de que no me he dosificado para la última
parte de la carrera.
Entonces, en
una tarde de running en la que no había pensado nada –ni mantras, motivaciones,
ni estrategia, nada- empiezan a surgirme las preguntas. Y siento cerca de nuevo el
puente romano, tan largo y solitario. Y no vuelvo a pisarlo. No continúo la
segunda vuelta.
Me tiro al
césped y por más que busque escusas, no las hay. Están en mi cabeza. Es ya en
la meta, viendo llegar al resto de corredores cuando me doy cuenta que corría
en tierra de nadie, entre el grupo de los expertos y el de los corredores al
uso y que no habría estado mal en la segunda parte de la carrera de haber
terminado.
Tenía
demasiado miedo a ser el último, sin ser consciente de que mi posición no era
mala. Y recuerdo tarde ya las palabras de mi pepito grillo en esto del Running
-el ironman Falcón-“el último es el que se ha quedado en el sofá”.
He pagado la
novatada, primera lección. La segunda y más importante, una vez que has
entrenado para correr un 5000m de nada
valen las piernas, todo es cabeza.
Con mi sobrino Sergio apoyándome.
Con mi sobrino Sergio apoyándome.
Ahora, tengo
ya en la cabeza la próxima.
Porque la
sensación de sufrir, la sensación de correr, es sumamente diferente.
