...308
No hay dolor. El dolor precede a los nervios, a la inseguridad, al ánimo. En el momento justo que el juez toca su silbato el dolor se concentra en las piernas ajenas. La adrenalina lo es todo. También la -poco a poco- conseguida -y relativa- veteranía.
CDRialto
Suena el pistoletazo de salida y me coloco en la parte trasera, a sabiendas de que 5km dan para mucho. El circuito por las calles de Talavera es extraño, demasiadas rectas que incitan a caer en la monotonía. Opté por correr sin música, me niego, quiero sentir a la gente, las pisadas y mi cuerpo. Prefiero dejar la música para los entrenamientos.
A pocos metros de la salida, una curva cerrada de izquierda genera un embotellamiento que frena y estira el grupo. Me quedo rezagado, pero no me importa. Quiero acabar mi primera popular 5km, apaciguar el daño de aquél primer dorsal 264 de hace diez meses.
Conforme vamos deborando metros empiezo a adelantar a los valientes. Ir progresando velocidad y puestos siempre es un extra de motivación. A los tres minutos de carrera ya estoy deseando que se acabe, pensar que quedaban más de veinte era desolador. Aún así, corregí la zancada, y a pasito a pasito corto conseguí dar mi primera vuelta.
Si algo he repetido hasta la saciedad es el compañerismo que existe en el mundo del atletismo (alguien comparte su fruta contigo, alguien que ha acabado cinco minutos antes se queda a aplaudirte) por eso me gusta animar a quienes adelanto. Incluso freno un instante para que se enganchen, pero al momento miras para atrás y no hay nadie. Como si hubieras animado una especia de fantasma surgido de tu cabeza o tal vez, los fantasmas internos de cada uno le hacen abandonar o no controlar el dolor y su cuerpo. En un par de ocasiones durante esta carrera he mordido alguno de mis dedos con ganas para no sentir el dolor de espalda o "patas". Es conocido eso de que no hay mejor método contra el dolor de cabeza que una patada en la espinilla.
Realmente no creo que sea dolor. No es dolor lo que se siente en mitad de carrera. Es una especie de suplicio placentero. Avanzada la segunda vuelta al circuito adelanto a un chico que hace unos minutos me ha pasado como un rayo. Cruzamos unas palabras, y durante un centenar de metros corremos juntos, aunque vuelvo a cambiar la zancada.
Corro mal. No se correr. Debido a mi escoliosis, el cansancio me lleva a una postura extraña y forzada. Pero disfruto enormemente cambiando a mi zancada corta constante que come la moral de quien te sigue. Quizá esté mal decirlo, pero disfruto comiéndole la moral al 48 en la lucha por el puesto 47, o más...
A partir de aquí me ocurrió una de las cosas más bonitas que sentí corriendo. Casi todo el circuito corrí solo. Las calles se hacían enormes lenguas de fuego. En la parte final, coincidimos un señor de negro de unos 45 años, un niño de unos diez al que llamaré Gavroche (por su parecido al personaje de Los miserables) y yo.
Gavroche, personaje de Les Miserables.
Cuando el hombre de negro intenta escapar, lo cogemos. Cuando Gavroche se escapaba, me servía de liebre y el hombre de negro se desfondaba. ¡Que placentero oír como se pierden los pasos de tu rival tras de tí!
Ninguno de los tres corría en la misma categoría, de hecho, el niño no debería estar corriendo entre los adultos, pero ha decidido hacer la distancia grande y es de aplauso. A intervalos, Gavroche se queda pero freno y lo animo, ¡no pares! No habla, me mira y sigue corriendo. Se que estoy aprovechándome de él como liebre, incitándome su ritmo a esforzarme. Miro el reloj e intuyo que haremos un buen tiempo.
¡No pares! Vuelvo a gritarle. Al fin y al cabo me marca el ritmo, me ayuda, es un ángel aparecido de la nada.
Llegamos a la Plaza de España muertos. Los tres sabemos que es una batalla generacional. Quedan dos curvas para la meta y aceleramos. Tomo la cabeza, aunque el hombre de negro no tarda en darme alcance con sus enormes piernas, por lo que solo me queda gritar y desfondarse. En la última curva miro atrás y voy solo. Gavroche intenta respirar, parado.
De eso nada.
Vuelvo a animarle. Sé que parar me hará tener menor tiempo pero ese niño tenía que acabar. Saca fuerzas de flaqueza y se une a mi en la linea de meta. La gente anima y freno. Paso bajo la meta andando y dejo que entre él primero. Lo merece, me ha llevado en volandas cuando más lo necesitaba. Ahora le tocaba a él.
El atletismo es ésto y muchas otras cosas si se quiere.
Lo busco entre la gente y lo felicito. Su madre se queda atónita, seguramente su madre no entienda jamás nada de ésto que se siente. Supongo que se siente lo mismo en mitad de un campo de batalla. En lo alto del Everest bajo una tormenta.
Volvemos contentos. Estrenábamos equipaciones de lo que poco a poco intentaremos que se convierta en el CD Rialto. En la Kiosad Nocturna de Talavera la Real volvemos con cuatro trofeos en categorías Junior, Cadete e Infantil.
A seguir!

No hay comentarios:
Publicar un comentario